Estoy vaga, vaguiiiiiiísima, con las tareas de la casa. Tengo que reconocerlo. La verdad es que nunca han sido mi fuerte, pero últimamente ¡qué pereza me dan! Por suerte o por causalidad (he retirado la palabra "casualidad" de mi vocabulario), el tiempo atmosférico ha decidido ponerse de parte de mi casa y ha provocado que tenga que poner, al menos, orden en los armarios. Eso o me resignaba a asarme en los jerséis de cuello alto. De todas maneras, bienvenido sea el solecito.
Tiene su encanto eso del "cambio de armario". Descubres prendas de ropa, zapatos y demás que no recordabas. ¿También os pasa? Hace hasta ilusión pensar en ponértelo de nuevo. Muchas de las prendas traen consigo un recuerdo de lo vivido el año o años anteriores. Inevitablemente mis recuerdos de la temporada primavera/verano de los dos últimos años están ligados a mis hijas, con Júlia y sin Aina.
Qué razón tenía Mónica Álvarez en el artículo que compartí en una
entrada anterior: los hijos marcan tu historia. Dejan huella incluso en aspectos tan cotidianos como la ropa que nos ponemos: la camiseta que tanto me gustaba porque dejaba entrever mi vientre y que ahora marca una barriguilla que no me emociona tanto, el pantalón que dejé de llevar porque no lo podía abrochar, el vestido que llevaba el día que me despedí de Júlia, alguna ropa premamá que me prestaron y que aún no he podido/querido devolver...
Una parte de nuestra historia ha quedado impregnada en esa ropa y no sé si podrá irse, por muchas lavados que sufran. Me pregunto que haré con ellas cuando ya no me las ponga. Esa prendas no sirven para trapos...
Me ha emocionado especialmente reencontrarme con el cojín de lactancia. Estaba en el altillo del armario, esperando en su "casita" de plástico, junto a las cajas de los zapatos y sandalias. Realmente sabía que estaba allí, pero verlo de nuevo...
Debía estar acabando el primer trimestre del embarazo de Júlia. Solía dormir bocabajo, pero mi barriga se hizo evidente muy pronto y me sentía incómoda en esa postura. Entre la incomodidad y mis temores, no había manera de conciliar el sueño. Pensé que si arreglábamos lo de la postura, quizás el resto... La verdad es que funciona, no quitó el miedo, pero me ayudó a sentirme cómoda de lado. Es curioso pero ya no he vuelto a dormir bocabajo, incluso sin cojín.
Fuimos a comprarlo mi madre y yo. ¡Con las ganas que tenía mi madre de comprar cositas para el/la nieto/a! Ya sabéis que yo era muy reticente a las compras, pero eso no era propiamente para el bebé, al menos de momento. Aunque esperaba que mi hij@ lo utilizara algún día.
Llegamos a la tienda y pedimos, mientras miro de reojo la ropita de bebé. Aún no, es demasiado pronto, me digo para mí. ¿Por qué me cortaría las alas yo misma? No hacía falta comprar nada, pero me hubiera gustado permitirme mirar, imaginar e ilusionarme. ¡Era mi primer embarazo!
La dependienta de la tienda nos pregunta ¿es para niño o niña?. Es eso tan importante para un cojín de lactancia?, me pregunto. Es que sólo me queda uno y es rosa, nos aclara al ver nuestras caras de asombro. No importa, ¡es para mí!, le digo riendo. Quizás fuera causalidad...
Tengo que reconocer que lo del rosa y el azul me pone de los nervios. Me alegré incluso de que fuera rosa, porque yo imaginaba que sería niño (no me ganaría la vida como adivina) y esa era una buena manera de rebelarme contra ello. Aunque al final, sin pretenderlo, he caído en la tentación y elegí el rosa para las flores de mis hijas. Será que de tanto rosa y azul de generación en generación se ha quedado grabado en el ADN.
Y con ese cojín compartimos noches Júlia y yo. Al irse lo compartió con su hermana. Seguí un tiempo durmiendo con él también después de su partida. Ya me había acostumbrado. Noches mejores y peores, algunas de insomnio, viendo la tele. ¡Qué difícil era darse la vuelta! En verano, con Júlia, no hubo problemas, pero durante el invierno, con Aina, entre nórdico y cojín, cada vez que me movía destapaba al papá. ¡Pocos resfriados ha tenido!
Esta entrada tiene muchas etiquetas. Un simple cojín me ha trasladado a los días con y sin Júlia, con y sin Aina. Me deja con una sonrisa (y algo de nostalgia) para irme a la cama, sin cojín. De momento no hace falta.
Os dejo una fotito del susodicho. Sé que no hace falta, quién más quien menos sabe lo que es. Pero, ¿a que no sabíais que con él también se pueden escribir? Os dejo la J de Júlia. Al fin y al cabo es su cojín.