Ayer estuvimos en el cumpleaños de Ariadna. ¡Dos años, ya!
Es una niña muy especial para mí porque, además de ser la hija de mi gran amiga, me conecta mucho con mi maternidad, con mis hijas.
Su mamá y yo fuimos a comprar la prueba de embarazo juntas. La mía fue negativa, pero la de su mamá mostró esa hermosa rallita que tanto nos emociona. Fui tan feliz...
Hace dos años, cuando nació y fuimos a conocerla, Júlia ya me acompañaba. ¡Qué bonita era y sigue siendo! La gente me decía que en unos meses me tocaría a mí. Por un lado me encantaba escucharlos pero, por otro, no lograba imaginarme con una pequeña personita en brazos...
Ariadna fue el primer bebé que vi, el día después de perder a Júlia. Su mamá no estaba muy convencida, pero yo necesitaba verla y comprobar que es posible, que los bebés también viven y crecen. En mi duelo me ayudó a ver que la vida no se había parado.
Compartí con Aina la ropa que su mamá había llevado con Ariadna en su vientre. Al fin se la he devuelto, más de un año después. Necesitaba sacarla de casa, es una manera simbólica de aceptar mi vida como es y no por lo que puede ser. Ahora no la necesito.
Embarazada de Aina me permití hacer algunos planes: pensar que la ropita que llevaba Ariadna de bebé, la llevaría más tarde mi pequeña. Tenían que llevarse un año de diferencia.
No olvidaré su primer cumpleaños, en pleno duelo por Aina, las lágrimas y el abrazo de su mamá cuando me vio llegar. No sabia si asistir. Encontrarme con otros bebés que me recordaría constantemente que yo debería estar allí también con mi hija.
En este segundo cumpleaños también han estado esos bebés, ya no tan bebés, y no ha dolido su presencia. He recordado a mis hijas, cómo no, pero sabía que no debía estar allí con ellas, porque esa es otra vida.
Me emociono al pensar cómo será mi vida en su tercer cumpleaños... Sea como sea, será la mía.
